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Mi sonrisa

Hoy he vuelto a sonreír. Bueno de hecho fue ayer, pero la sensación de plenitud aún me dura como si hubiera sido ahora mismo.

Intento analizar cada detalle de la emoción y noto que es exactamente la misma de cuando tengo ansiedad pero es como si el estómago se encogiera hacia arriba.

Sí sí, sucede en el mismo lugar pero me siento diferente. Es curioso percibir que el estómago te dice cómo te sientes. Raro, no sé.

Lo de la cabeza… yo no sé qué es… la cabeza siempre me confunde y me hace tomar decisiones erróneas, pero el estómago, a lo que normalmente llamamos corazón, ese no engaña.

Te da el subidón, sonríes hasta que normalizas la emoción, supongo que hay factores químicos como la oxitocina y todo eso, pero me dan igual. A mí lo que me importa es sentir como me siento y lo que me dura.

Durar dura poco. Normalizamos y asimilamos hasta el punto de que la cabeza vuelve a ganar la batalla.

La cabeza es una traicionera.

Este año le he estado dando chicha, he hecho cosas por ella y he intentado conocerla mejor. Parece que ahora nos llevamos bien.

Pero cuando el estómago siente cosas es como si entrara en un estado de catarsis y empezara una batalla campal.

Así que, cabecita loca perdóname, he decidido engañarte. Pero esta es otra historia, la de no contarte cosas del corazón.

Hoy sigo en mi nube. En la nube de sonreír. En la nube de quererme, disfrutarme y amarme.

Esta emoción suele ser muy efímera en mí.

Pero ni siquiera las rampas nocturnas la han podido desgarrar de mi interior el placer de la sonrisa de sentirte cerca. De sentirme cerca. De sentirme en mí. De sentirte aquí.

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Fan

Soy mi mejor fan. He entrado 52 veces a leerme.

Entonces me ha dado por pensar en los límites. Ha sido justo al despertarme y llevo todo el día preguntándome: ¿Hasta dónde llegan los límites de una persona por un lado y, por otro, cómo romper con esos límites?

Cada uno de mis pensamientos me reconduce al mismo lugar: La transcendencia. Tengo creencias en mí que no me permiten ir más allá pero, por otro lado, deseo ir más allá.

Así es la vida. Querer y no poder. Poder y no querer. Quizá, más bien, mi vida.

Esta sensación me lleva a mis 23 años. Recién licenciada y con miedo a cumplir mi sueño. Yo no sé si con 23 sabía lo que significaba el concepto ‘zona de confort’ pero sí recuerdo que sabía lo que era el fracaso.

Hace tan solo unos días, he aprendido que si eludimos/evitamos las situaciones traumáticas que vivimos en el pasado, estas pueden llegar a anclarse. Es por ello que en lugar de limitarme y huir como siempre he hecho, hoy a mis 44 me enfrento. -¿A qué?- Al miedo. Miedo a fracasar. Miedo a mis límites y a mis no límites. Miedo a ti cuando me lees. Miedo a tus pensamientos. Miedo a que pienses, tú que me conoces, que no soy normal.

Pero es que no puedo más. Necesito gritar, alzar mi voz. Decirte estas cosas que te digo. Y, ya tú, si quieres, las entiendes.

Al final he acabado el día pensando entre la diferencia entre un círculo y un cuadrado. El cuadrado representaba mi yo de los 23 y el círculo el de los 44. ¿Por qué? Pues porque son símbolos, no son míos, son universales.

Entonces me he visto como un círculo, fluyendo como una galaxia y dejando por doquier pensamientos, miradas, sonrisas, emociones…

Seguido he mirado al cielo, he sonreído y he pensado: “Esa es la Maribel que quiero ser “.

He bajado la cabeza, he continuado mi trayecto y he vuelto a sonreír porque esa es la Maribel que hoy, por fin, soy.

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La cucaracha de Ockham

Lo siento. No puedo más.
Los remordimientos me corroen pero no creo que sea humano soportar durante más de un día (quizá un rato) tal visión.
Pienso en lo que es normal, en lo natural y en los límites de cada estadio. Es como cuando decidí no depilarme durante todo el confinamiento y lo natural dejó de ser normal. Al final sucumbí, por mi propio bien, a forzar lo natural.
Os cuento: ¿Cuántas ya? ¿Dos semanas? Pongamos que son dos semanas.
La primera opción, por supuesto, fue: ‘Algún vecino la verá-(Yo la he visto)’. Vale sólo hay 3 vecinos en el bloque y veo que con menos vista que yo.
Opción dos, tres y cuatro y todas las que puedas pensar… anuladas por miedo, asco y fobia. (Miedo a tener pesadillas, asco de tocarla con un zapato, escoba, papel, y fobia a que de repente reviva y me coma).
Sigo ahí en la opción 1. Anclada. Rezando porque la memoria de mi perra falle y no vuelva recordar que ella fue la gran descubridora de Ockham.
Sí… vale… al final le he puesto nombre… Ockham es guay para una cucaracha… simboliza la gran lección de mi vida: hacer difícil lo fácil. Así con todo.. pero es que… Ockham es mucha Ockham.
Llevo días pensando que Ockham se merece un entierro digno… No sé como funciona la cultura funeraria de las cucarachas pero no creo que ninguna cucaracha real, del estado o creyente quisiera una muerte así para Ockham.

Ayer se me presentó una nueva oportunidad. ¡Me la quitan! Me quitan a Ockham, vale, lo he conseguido… pero… ostras… ¿Realmente quiero que me quiten a Ockham?

Todos lo sabemos. Ockham simboliza toda esa lucha. Mi independencia emocional: Ser una mujer valiente y autosuficiente. Ser capaz de tomar mis propias decisiones ante mis problemas y no depender de nadie para consolidar mis decisiones. Todo eso es Ockham.
Me pregunto qué será de ella si le doy una patada y la echo a la calle… Según la teoría metodológica del reduccionismo o de parsimonia sería lo más sencillo, ¿No?
Creo que si saco fuerzas y al menos hago eso, Guillermo de Ockham se sentiría orgulloso de mí.
¡Ya estoy más contenta! ¡Ya me siento más segura! ¡Qué un filósofo del siglo XIV pudiera estar orgulloso de mí, me hace más fuerte, más valiente!
¡Lo siento, mi querida cucaracha de Ockham, pero voy para casa….
A deshacerme de ti!

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Se busca Rinoceronte

Sabes, yo siempre había querido un rinoceronte. Creo que desde que tenía unos 18 años soñaba con publicar mi propio recopilatorio de reflexiones y como portada le quería poner un rinoceronte.

“Arraigado a la tierra, orientado al infinito’. ¡Cómo los cipreses!“

Podría haber elegido un unicornio, pero escogí un rinoceronte.

Esa era yo con 18, con 20, con 30… Siempre he querido mi propio rinoceronte.

Han pasado muchísimos años. Hoy no puedo dormir. Y sigo pensando que me encantaría encontrar a mi rinoceronte… ¿Me ayudas a buscarlo?

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Inicios

La palabra principio me resulta muy curiosa. Básicamente porque solemos decir que empezamos cosas que ya han comenzado; que ya he comenzado.

Probablemente escribo desde que tengo memoria. ¿A qué edad sucede eso? Quizá sobre los 5 años… Sí, lo sé, como buena escritora debería documentarme, darme algo de valor, de conocimiento, enseñarte cosas, pero yo no soy de esas… -¿Tú lo sabes?, ¿a qué edad empieza la memoria?- Pues desde esa edad creo que escribo…

¿Debe un escritor ser leído? Diría que sí, pero durante toda mi vida he sentido que nadie me leía; amigos, familia y gente que me quiere no cuentan… ¡Me quieren!

Recuerdo que una vez tuve un fan. Sí, uno. Me contó que cada día llegaba al trabajo, leía la prensa y luego me leía a mí. Era guay sentir que alguien me leía. Me debía a mi fan.

¿Te imaginas lo que suponía para mí que mi cacao emocional estuviera al nivel de la prensa? Me sentía poderosa… ¡Sí, invencible!

El empoderamiento es una palabra genial; está muy de moda y me da, también, un poco de repelús, pero lo que significa en sí es brutal.

Quiero volver a sentir esa sensación. Muero de ganas, la verdad. Sentirme viva, importante, con transcendencia… Sentir que me escuchas cuando te hablo. Imaginar como mis palabras transfieren a través de tus ojos hacia tu corazón… Por todo eso, y mucho más, aparece el motivo y la razón de este sitio, de mis RE-INICIOS.

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